Acrílico sobre lienzo, (75x100cm)
Una tarde, luego de haber terminado el trabajo, cerré la computadora y saqué a pasear a mi perro al Tanque la Unión. Mientras pasaba la sesión de olfateo, noté como la luz de la hora dorada refrescaba a quienes estábamos ahí. Mi mirada se fijó en un limpiabotas. Fumaba y tenía dos relojes, uno en cada muñeca. Estaba sentado en el suelo.
"Qué lindo" pensé. "Está como para pintarlo." Así que, tranquilamente y a escondidas, saqué una foto y lo guardé en mi álbum de "Inspiración". Dos meses más tarde, le daría vida de nuevo en clase de pintura. 
Durante aproximadamente 3 meses, esa pintura me esperó en mi casa, sin enmarcar. Nunca me atreví a considerarla como terminada. Le faltaba algo. Una representación de una escena, no es arte en sí, por lo menos en estos tiempos. Me cuestioné qué derecho tenía yo de pintar a un desconocido, de enmarcarlo y de subirlo a mis redes. De vender el cuadro. De exhibirlo en una casa o una galería. ¿Por qué yo le haría esto a él?
Mientras masticaba mi bloqueo artístico, me renació una pasión de la infancia: el amor por el cómic. El amor por la caricatura. ¿Por qué como sociedad, muchas veces preferimos ver dibujitos versus una representación realista? Investigué y saqué una conclusión: nos atraen porque nos podemos identificar.
Preferimos la representación caricaturesca o icónica, porque al abstraer las facciones más importantes de nuestros personajes, abrimos el camino para que el espectador se pueda identificar más con estos personajes. El mejor ejemplo que podría encontrar es el de este panel de Scott McCloud en "Entendiendo los cómics". Preferimos caricaturizar para entender.
Entonces, con eso en mente, regresemos a mi pintura. Tenía ya a este limpiabotas. Me pregunté: ¿qué pasa si intento cerrar esa brecha? Hacer que el espectador se identifique con él. Así que decidí que tendría que agregarle línea, para iconizarlo un poco.
No obstante, entendí que al hacer eso también estaba enfatizando las facciones que me habían llamado la atención de él. Por lo que me seguí preguntando si yo me podría identificar en algúm momento enteramente con este otro. La respuesta: no, no podría.

Así que, busqué la mejor forma de expresar cómo yo o el espectador, nunca podré vivir exactamente lo que está viviendo este otro. Por eso, el círculo, la ventana. Compuesto de pequeñas experiencias que nos forman como humanos. Para representar la ajenación que hay entre espectador, sujeto y artista. Y cómo el acto más lindo que un ser humano podrá hacer es intentar cruzar ese puente e identificarse con el otro.

Siempre me cuestionaré si esa brecha podrá ser rota.
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